lunes, 17 de diciembre de 2007

Imágen de una perversión (Capítulo 1)


Jemmingen, 1568

Era casi de noche. Debido a la estrechez del campo de batalla, nuestro señor, el duque de Alba, mandó a arcabuceros y mosqueteros a hacer frente al ejército flamenco. Mientras éstos destrozaban sin ninguna piedad a todo el grueso de la de milicia de Luis de Orange, a nosotros se nos ordenó ir tras las tropas rebeldes que habían huido presas del ingente pánico.

Pasadas ya varias horas de estos fatídicos acontecimientos y agotados por la ardua persecución que quedaba tras nosotros, las tropas insurrectas comenzaban a decaer a medida que acrecía su número de bajas. Recorrimos gran parte del río Ems y, después de funestos intentos, logramos contener y apresar a nueve componentes de uno de los destacamentos enemigos.

La escena que contemplé entonces fue impactante. Algunos de ellos, se arrodillaban ante nosotros suplicando por su vida. Debido a su extraña lengua, no pude entender lo que sus palabras sollozaban; pero el simple hecho de observar como su lamento aumentaba más y más, me provocaba una triste angustia que nunca antes había invadido mi alma de pecador. Pero, cuál fue mi asombro que, uno de ellos no mostraba signos de desasosiego; sino todo lo contrario. Era un hombre mayor, de aproximadamente unos 30 años de edad. Llevaba una barba prominente así como unos brazos y espalda envueltos con ropajes . Iba ataviado con un capacete, un coselete y una espada. Sin embargo, sus sucias manos estaban recubiertas por una especie de corroídos guantes de cuero cortados por la zona inferior de los dedos. He de decir, que me extraño que su actitud fuera tan amenazadora, tal era ésta, que sin darnos tiempo a reaccionar, se impulsó sobre uno de los nuestros y le ajustó una estocada en todo en costado. Le produjo una herida por la que desprendió abundante sangre a medida que caía postrado al suelo entre chillidos y agitaciones. Atormentado por su mirada homicida, no quise otra cosa que hacerle pagar por su ofensa; pero, por otra parte, me invadía una sensación de oscuro miedo por la posibilidad de salir derrotado y acabar como mi antiguo compadre. Me dispuse a concentrar mis disipados ojos en su deteriorada faz. Como armas, portaba en la derecha un frió y oxidado acero de no muy largo tamaño. Éste, estaba cubierto de impurezas y deterioros que se extendían a lo largo de toda la hoja. La otra mano, la reposaba sobre una vieja y envainada espada guardada por una funda de negro cuero. Puede que fuera el guerrero mas experimentado con el que me había topado, puede que fuera muy fuerte o que su destreza poseyera tal magnífica técnica como la de los espadachines francos; pero no iba a permitir que un simple contendiente me impidiera volver a mi hogar ahora que el final de la guerra estaba próximo.

Transcurridos unos miserables segundos tras la caída de mi camarada, nos miramos a la cara con el objetivo de medir nuestras fuerzas a la melodía que las chispas del acero nos brindarían en aquella puesta de sol. Un pausado movimiento de pies y el espectral silencio más grande que jamás he presenciado, fueron seguidos por chirriantes gritos de pelea. Todos se alejaron formando un círculo que nos envolvió por completo. Pude ver a muchos de los míos entablar conversación sobre el posible vencedor; pero ya no estaba asustado. Pasado esto, tomamos armas.

No hay comentarios: