Sevilla, 1571
Acabada ya la sangrienta contienda que me retenía bajo las húmedas paredes de la desesperación, decidí replantearme el futuro de lo que serían mis nuevas gestas. Mientras recogía los utensilios que tantas veces me salvaron la vida tras las líneas enemigas, bajé de la nave que me llevó desde el belicoso puerto de Brielle, situado en las costas de la provincia de Zelanda, hasta las pulcras orillas de mi ansiado hogar. Una vez en tierra, besé el suelo que tan largo tiempo se me privó pisar. El aroma del agua y la espuma formada por el choque de la marea en las maderas del muelle, rozaba mis sentidos provocando una sensación de dulzura y suavidad difícil de describir mediante meras expresiones. Había vuelto a casa.
Avancé unos metros hasta superar la nave. Tenía tantas cosas en mente que no pude ordenarlas de manera veloz. Solo la primera era la más ansiada en ese momento. Por otra parte, tenía la sensación de que ultimaría mis postrimeras horas sirviendo una vez más al que me separó de todo lo que yo en esta vida más he amado con creces. No acabé de inquietarme por esto cuando, justo en frente de mí, encontré a la persona portadora de la respuesta a la segunda de mis preocupaciones. Me acerqué cauteloso, incluso con ganas de evitarle, pero con tono sarcástico, me dirigió la palabra sin darme tiempo siquiera a responder:
-¡Saludos, Guillermo¡. Me alegro de veros, amigo mío. No nos habíamos visto desde Heiligerlee ¿verdad?-comentó.
–En realidad, fue en Jemmingen-repliqué. ¿Cómo diablos me habéis encontrado?.
- Vuestro acento os delata, joven sevillano – pronunció orgulloso
Su rostro, a la par que la mala memoria que le caracterizaba, me rememoró los males que padecí hace tres años en Groninga. Esa nariz puntiaguda y esos ojos verdes un tanto saltones, hacían un adorno perfecto a su pelada cabeza. Los corpulentos brazos que resaltaban su torso, lo hacían cubiertos por mugre procedente de los navíos. Solo cubrían sus piernas un trozo de tela de marrón descolorido y par de botas negras. Su cinturón de cuero y esa espada tosca de su lado izquierdo, me resultaron un tanto familiares ya que las asocié con lo ocurrido en Heiligerlee y Jemmingen. Los avatares del destino nos llevaron, junto a un grupo de soldados lusitanos, a servir cerca de la ciudad de Groninga, localizada entre las provincias de Frisia y Drenthe. Una vez instalados allí, fuimos llamados a engrosar las filas del tercio de Cerdeña, que tiempo después acabaría siendo disuelto por el duque de Alba. Días más tarde, puede que debido al infortunio, fuimos atraídos por las tropas de Luis y Adolf de Nassau hacia terreno apartado de la ciudad, cerca de un monasterio. En aquel lugar, nos tendieron una emboscada en la que fuimos derrotados brutalmente. Nosotros, apenas logramos provocarles simples heridas y alguna que otra baja.
-Vaya, os vuelvo a ver. ¿Qué os trae por aquí?-pregunté.
-Dije que os visitaría alguna vez -murmuró. Por un momento, me dio la sensación de que el propósito de su visita iba más allá que el de un amistoso encuentro. Mi viejo amigo había oído rumores sobre un posible ataque a los turcos por parte de una alianza entre Su Majestad y el Papa Pío V.
-¿Decís que El Papa ha convencido por fin al rey?. ¿Y cómo ha sido eso? -pregunté
-Se ve que los turcos han comenzado de nuevo su expansión. Atacaron varios puertos venecianos del Mediterráneo Oriental así como a Chipre hará cosa de un año-contestó. No daba crédito. En todo éste tiempo habían ocurrido desgracias a lo largo y ancho del continente.
-Están empezando a reclutar soldados en todo el reino. Se avecina algo gordo. ¿Qué decís?, ¿volvéis a luchar?-exclamó. En ese momento, menos en volver a luchar, pensaba en muchas cosas; no permitiría nuevamente que ese rey me usara como carne de cañón frente a un millar de turcos ansiosos de sangre cristiana.
- Lo siento, pero no. He de verla-contesté.
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