lunes, 6 de octubre de 2008

Imagen de una perversión (Capítulo 11)

XI Sevilla, 1572

Considerables supervivientes de aquella batalla, volvían triunfantes a sus casas con grandes historias que contar y con amplio número de proezas realizadas; otros cayeron en combate ante el enemigo que no vaciló al ofrecer lucha.

Entre ellos, Guillermo; muerto debido al veneno de una flecha. Algo se removía en la pecadora conciencia de Tomás. En el encuentro con la puerta de la casa de Guillermo, vio una inscripción en latín dominando la fachada. Pero parecía que solo el polvo había vivido ahí todo este tiempo, o eso creía. En el oscuro fondo de la habitación, al costado de una pequeña mesa de madera, los ancianos escalones dirigían hacia ese misterioso piso superior. Un hedor repugnante se apreciaba en el ambiente. Un hueco en la pared cubierto por un trozo de tela que apenas dejaba entrar al sol, se sostenía reteniendo la luz que tanto necesitaba el habitáculo. Fue retirar el trapo y un chorro de luz irrumpió en el cuarto, iluminando algo en el fondo. Una figura se reveló ante el umbral. Sus ojos, transmitieron lo que ninguna otra imagen tallada había hecho antes. Incluso incitaba a tener pensamientos eróticos. El suave cabello que cubría su cabeza era tan real como el de una frágil persona. Parecía capacitada para ver, oír, sentir y tocar; la belleza más agraciada de toda la existencia. Era una escultura.

Fue durante su éxtasis, cuando apreció una imperfección en su brazo izquierdo. Al hurgarlo, todo lo que consiguió fue mancharse las manos de sangre. Soltó aquella cosa y giró. Una gran arca se sostenía amontonando polvorientos trozos de papel. En ellos, figuraban nombres femeninos tachados junto a específicas partes del cuerpo. Un escrito hablaba de alguien llamado Matei y de varias muchachas. El hedor a muerte retornaba al ambiente. Al abrir el cofre, el cadáver de una muchacha yacía en él. Portaba un puñal en el estómago y su cara estaba pálida y tenue. Bajo el cuerpo, una mugrienta bolsa pigmentada de rojo contenía una escena macabra; apéndices humanos putrefactos. Aquello se parecía más a la casquería de un carnicero que al taller de un artesano. Al recordar esa rígida figura que advirtió al principio, arcercaba su atemorizada efigie hacia el umbral de luz. No estaba hecha con piedra ni con madera. Macabro genio; no era un escultor cualquiera. Había descubierto la manera de crear vida eterna a partir de la muerte.

El ambiente se nubló. Pasos tras de él se escucharon. Movimiento silencioso al compás de un leve gemido propiciado por Tomás; herido en la espalda.

Calló en el rancio suelo herido de gravedad mientras su vista nublada contemplaba el rostro de su quieto verdugo. Anduviese dos pasos éste cuando, con tez descarada y súbito refreno, se situaba frente a la Horrible Creación. Balbuceaba palabras, con entonación cuasi épica, sollozando al Destino y pidiendo misericordia.

Mientras Tomás agonizaba, el rostro cubierto se aproximó a un saco. Roció la habitación con ramas y paja. El fuego purificador iba a entrar en escena.

Retornaba a su posición original. Reunió fuerzas para aproximarse a Tomás y decirle en perfecto castellano: - Ahora, el final ya no depende de ti.

Diose la vuelta y prendió la estancia. Al fin y al cabo, la gente no lo entendería; no estaba preparada.

lunes, 30 de junio de 2008

Imágen de una perversión (Capítulo 10)

Sevilla, 1571


El destino se había truncado. Acababa así con su venganza y se disponía a seguir algo que no podía entender. Salió del lugar.

Sin vacilar, sacó un carboncillo y escribió una frase en la pared:

FINIS NON TIBI PENDET

Acabado esto, se percató del caminar de alguien; un hombre corpulento hacía presencia. Cruzó la puerta; tras él, dejó el carboncillo y siguió sus pasos.

Imágen de una perversión (Capítulo 9)

Batalla de Lepanto, 7 de Octubre 1571


A 15 millas de las puertas de la ciudad de Lepanto, avistamos a la flota turca en formación de media luna. Al igual que nosotros, estaban divididos en cuatro cuerpos distribuidos a lo largo del mar comandados por Alí Bajá, siervo del Sultán Selím.

Eran casi las siete de la mañana. Nuestras galeazas, abrieron abundante fuego sobre las primeras galeras enemigas en llegar a nuestra altura. Soldados invadían sin piedad los buques adversarios, los cuerpos de los luchadores turcos se veían atravesados por los proyectiles de los arcabuceros situados en la cubierta de las naves españolas; todo era prodigiosamente funesto. Pasado poco tiempo después del inicio de la batalla, el mar sirvió de fosa para todos los cuerpos que, a medida que iban muriendo trágicamente debido a los tiros y al fuego, se amontonaban junto a unos galeones dominados por la confusión y envueltos por los golpes de artillería; el coraje y la valentía que se liberaba aquella nefasta mañana, hizo volcar aún más el deseo de victoria en ambos bandos.

Conmigo, iban más de cien soldados dispuestos a dar la vida por aquello que habían estado esperando tanto tiempo; algo que nunca presenciarían los siglos venideros. Entre ellos, Tomás.

Nosotros, habíamos logrado abordar un galeón infiel desde el cual luchábamos sin descanso varias horas. Se abalanzo sobre mí un mercenario turco intentando acuchillarme. Evité el golpe girando sobre el sable y rajando su espalda aprovechando el impulso de mi volteo. Tomás, se dispuso a colocar su dorso junto al mío, logrando así defender sendas retaguardias. Aquello no tenía fin. Parecía como si surgieran dos enemigos de cada estocada mortal que proporcionábamos. El desconcertante humo que nos rodeaba, se hacía cada vez más y más irritante a medida que el fervor rival acrecentaba por las innumerables bajas sufridas. Algo pasó entonces:

-¡A vuestra diestra, Guillermo!-dijo Tomás. Pronunciadas estas palabras, coloqué mi mirada sobre el lugar que citó mi compañero. Todo lo que me dio tiempo a observar, fue una flecha clavada en mi destapado brazo izquierdo. Tomás, lanzó un cuchillo directo a la cabeza del atacante mientras yo apoyaba una de mis rodillas sobre la cubierta intentando romper el astil de la saeta. Empecé a marearme. Todo lo veía borroso. Mi fiel amigo se acercó a mí intentando llevarme de vuelta a nuestro barco, pero yo no oía sus palabras; solo veía el rostro de inquietud que le dominaba y su expresión cada vez mas intranquila. Perdía la sensibilidad de mis piernas, mis brazos y todo mi cuerpo. En aquel momento, solo percibía la espalda de Tomás sobre la que me apoyaba. Aquel recuerdo que me atormentó tanto tiempo, desaparecía mientras surgía a su vez otro mayor. Tomás debía ayudarme. Antes de morir, le entregué algo mientras, a duras penas, murmuraba mis últimas palabras.

Imágen de una perversión (Capítulo 8)

Sevilla, 1571

Entrando al puerto se dirigía una figura cubierta por ropajes viejos y maltrechos. No obstante, el caminar de este individuo se asemejaba al de una persona despreocupada, sin miedo a las turbaciones de la ciudad, ni de los transeúntes.

Anduvo paulatinamente por el sabio camino. Los rincones que le rodeaban husmeaban a leyenda, a paso del tiempo; nada envidiable a la imaginación.

Se paró. Frente a una apolillada puerta puso su mirada. Entró dentro de la estancia sin saber que le esperaba y subió al piso superior; algo salió mal.

Imágen de una perversión (Capítulo 7)

Entre Corfú y Lepanto, Madrugada del 6 de Octubre 1571

Nos encontrábamos en medio del mar Mediterráneo. El lugar no podría concretarlo mucho debido a que ya pasaban varios meses desde la partida. Todos estos días en la mar, me hicieron replantearme si quería realmente volver a pisar tierra sevillana. Después de lo ocurrido, no me era posible.

Me levanté del suelo donde descansaba en ese momento y anduve hasta alcanzar el extendido mástil del barco. Me agarré con fuerza debido al continuo vaivén de la nave. Una voz se sintió entonces:

-Hola, Guillermo. Las estrellas brillan esta noche y lo hacen por nosotros. Deberíais sentiros orgulloso, vamos a pertenecer a la escuadra que librará la mayor batalla que verán los siglos-dijo Tomás.

-Me siento turbado. No dejo de pensar-dije. Corría el riesgo de que mi compañero de batalla se interesara de nuevo por lo ocurrido meses atrás. En cada jornada encima de éste navío, no faltó conversación sobre el tema. Pero ésta vez, la tertulia parecía llegar más lejos.

-¿Es por lo de Sevilla?-preguntó. Asentí al instante. Poco a poco, Tomás pretendía indagar en todo lo sucedido. Mientras, yo le evitaba con equívocas palabras.

-Algún día tendréis que contarlo. No podréis vivir siempre con ello-dijo. Al decir esto, comencé a preocuparme. Si lo confesaba, no solo viviría yo con el tormento para siempre; pero si no lo hacía, me llevaría el secreto conmigo.

- ¿Entendéis de arte, Tomás?

- Algo, ¿a qué os referís?

-A nada. –comenté. De nuevo, me acobardé justo antes de confesarle mi pesar. Recuerdos volvían a mí. Cada segundo de lo presenciado, venía a mi cabeza provocando una sensación de malestar y hormigueo por todo mi cuerpo. ¿Acaso tendría algo que ver con Matei?. Se tornaba más complicado.

-Os noto raro. Mirad, mejor dejamos la conversación. ¿de acuerdo?-dijo con tono de preocupación. Mientras hablaba, se aproximó al poste paulatinamente al mismo tiempo que yo seguía ahí pasmado sin articular palabra alguna.

-Por cierto, nunca me habíais dicho cual era vuestro oficio fuera de la batalla-pronunció mientras giraba la cabeza dispuesto a marcharse. ¿Y bien?-dijo. Viré la cabeza en dirección a él y, como si en ese momento descubriera la faceta más extraña de mí, le dije esto:

-Escultor.


Imágen de una perversión (Capítulo 6)

Diario de Matei Van der Schraelen, Madrid, 10 de Enero de 1571


A una semana de Sevilla. Necesito más información sobre ese perturbado. Hace varios días encontré a un chico un tanto ajado, que me habló de la desaparición de varias jóvenes por la zona del puerto sevillano. Los despojos de un recuerdo pasado me generan nauseas; pobres muchachas, si tan siquiera…pero no.

Cuando le abordé en Heiligerlee estaba en la zona de descanso. Le conseguí hablar una vez fuera.

-Buena actuación la de antes –dije.

-¿Os conozco?- murmuró con un tono de poca amistad. Procedí a presentarme de un modo cortes para evitar represalias.

-Me llamo Mateo, Matei Van der Schraelen. Su cara de asombro fue más allá de lo que la palabra suscita.

-¿Sois flamenco?-preguntó casi desenvainando la espada. Le contesté que mi nombre era fruto de la unión entre mi padre, nacido en Frisia y mi madre de Toledo. Mi nombre era la única herencia castellana que tenía; junto con la cultura y el idioma perfectamente hablado y escrito.

-Extraña mezcla –comentó. ¿Y que hacéis aquí?.

-Soy traductor. Hablo la lengua local y también latín, griego y algo de arameo. Y soy soldado, por supuesto; pero muchos mandos piensan que soy demasiado valioso para sacarme a vanguardia.

Su interés se hizo latente cuando le dejé clara mi profesión. Dijo que estaba encantado de conocerme y que me podría necesitar para algún trabajo. No pensaba en ese momento en el ingente problema que tendría en varios meses.

Comentó algo sobre las palabras del enemigo que mutiló horas antes.

Recuerdo esas palabras desde entonces.

Imágen de una perversión (Capítulo 5)

Sevilla, 1571

Las pesadillas más horrendas vividas en los largos días de combate, no se podían comparar con lo que había vivido hace escaso rato; y esa frase en la pared. Corrí calle abajo. Al mismo tiempo que transitaba a toda prisa las callejuelas de mi ciudad, muchos de los peatones se apartaban viendo como me apresuraba por encontrar a mi viejo compañero. Di con mi amigo en uno de los barcos amarrados a la derecha del muelle. Sin pensarlo dos veces, grité su nombre.

-¡Tomás!, ¡Tomás de Caviedes!. ¡He cambiado de opinión! -berreé. Todos los presentes en aquel momento giraron su cabeza con motivo de comprobar a que se debían tantos alaridos. Por suerte, logró escuchar mis palabras.

-¿Qué ocurre Guillermo?.

-¡He cambiado de opinión!

- Bienvenido, entonces –respondió El Castellano