Sevilla, 1571
El destino se había truncado. Acababa así con su venganza y se disponía a seguir algo que no podía entender. Salió del lugar.
Sin vacilar, sacó un carboncillo y escribió una frase en la pared:
FINIS NON TIBI PENDET
Acabado esto, se percató del caminar de alguien; un hombre corpulento hacía presencia. Cruzó la puerta; tras él, dejó el carboncillo y siguió sus pasos.
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