lunes, 30 de junio de 2008

Imágen de una perversión (Capítulo 9)

Batalla de Lepanto, 7 de Octubre 1571


A 15 millas de las puertas de la ciudad de Lepanto, avistamos a la flota turca en formación de media luna. Al igual que nosotros, estaban divididos en cuatro cuerpos distribuidos a lo largo del mar comandados por Alí Bajá, siervo del Sultán Selím.

Eran casi las siete de la mañana. Nuestras galeazas, abrieron abundante fuego sobre las primeras galeras enemigas en llegar a nuestra altura. Soldados invadían sin piedad los buques adversarios, los cuerpos de los luchadores turcos se veían atravesados por los proyectiles de los arcabuceros situados en la cubierta de las naves españolas; todo era prodigiosamente funesto. Pasado poco tiempo después del inicio de la batalla, el mar sirvió de fosa para todos los cuerpos que, a medida que iban muriendo trágicamente debido a los tiros y al fuego, se amontonaban junto a unos galeones dominados por la confusión y envueltos por los golpes de artillería; el coraje y la valentía que se liberaba aquella nefasta mañana, hizo volcar aún más el deseo de victoria en ambos bandos.

Conmigo, iban más de cien soldados dispuestos a dar la vida por aquello que habían estado esperando tanto tiempo; algo que nunca presenciarían los siglos venideros. Entre ellos, Tomás.

Nosotros, habíamos logrado abordar un galeón infiel desde el cual luchábamos sin descanso varias horas. Se abalanzo sobre mí un mercenario turco intentando acuchillarme. Evité el golpe girando sobre el sable y rajando su espalda aprovechando el impulso de mi volteo. Tomás, se dispuso a colocar su dorso junto al mío, logrando así defender sendas retaguardias. Aquello no tenía fin. Parecía como si surgieran dos enemigos de cada estocada mortal que proporcionábamos. El desconcertante humo que nos rodeaba, se hacía cada vez más y más irritante a medida que el fervor rival acrecentaba por las innumerables bajas sufridas. Algo pasó entonces:

-¡A vuestra diestra, Guillermo!-dijo Tomás. Pronunciadas estas palabras, coloqué mi mirada sobre el lugar que citó mi compañero. Todo lo que me dio tiempo a observar, fue una flecha clavada en mi destapado brazo izquierdo. Tomás, lanzó un cuchillo directo a la cabeza del atacante mientras yo apoyaba una de mis rodillas sobre la cubierta intentando romper el astil de la saeta. Empecé a marearme. Todo lo veía borroso. Mi fiel amigo se acercó a mí intentando llevarme de vuelta a nuestro barco, pero yo no oía sus palabras; solo veía el rostro de inquietud que le dominaba y su expresión cada vez mas intranquila. Perdía la sensibilidad de mis piernas, mis brazos y todo mi cuerpo. En aquel momento, solo percibía la espalda de Tomás sobre la que me apoyaba. Aquel recuerdo que me atormentó tanto tiempo, desaparecía mientras surgía a su vez otro mayor. Tomás debía ayudarme. Antes de morir, le entregué algo mientras, a duras penas, murmuraba mis últimas palabras.

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