
Jemmingen, 1568
A la vez que desenvainó su espada, dejó el cuchillo depositado en la arena del suelo. Comenzamos a dar ligeros pasos hacia la derecha; uno detrás de otro sin pausa alguna. Él, dada su musculatura, era de esperar que poseyera una fortaleza superior a la mía. Podía ver como las venas de sus manos, se agrandaban debido a la fuerza ejercida al aguantar el peso del enorme hierro. De vez en cuando, figuraba caras de terror, posiblemente, con motivo de provocarme desasosiego. Acabado esto, impulsó su arma claramente a mi pecho descubierto. El pinchazo me pasó a escasos centímetros del torso. Esquivado el golpe, giré sobre mi pierna derecha dispuesto a cortar su pescuezo. Cogí fuerza con ambas manos y solté un ataque directo a la cabeza. Con una pericia mayor de la que esperaba, dio media vuelta y bloqueó mi casi perfecta ofensiva. El sonido de las dos espadas al chocar, producían alardes de luz que todos los presentes agradecían con cantos de ánimo y contento. Estuvimos cerca de cinco segundos mirándonos mientras forzábamos nuestras hojas. De repente, me proporcionó un súbito empujón y, acompañado de unos gritos feroces, intentó dirigir de nuevo su filo hacia mi busto. Una vez me incorporé, vi como corría preparado para ensartarme con el acero nuevamente. Contesté a esto desviando la trayectoria de la punta y ,agarrando cuidadosamente con mi mano izquierda el filo de mi espada, golpeando la cara de mi contrincante con el mango. El tiempo pareció detenerse mientras la faz de mi enemigo se volcaba hacia atrás. Acto seguido, aprovechando su confusión, giré mis brazos hacia la derecha y, usando la hoja que quedaba bajo mi mano izquierda, clavé toda la espada en uno de los costados; procedió a sangrar a borbotones. Acto seguido, descendió al suelo apoyado sobre sus rodillas. Por última vez, su mirada asesina me originó una intensa molestia. Antes de morir, pronunció unas débiles palabras en su lengua materna. Todos enmudecieron tras esto; el triunfo era mío, de todas formas.
Horas después y una vez a salvo en el campamento, los compañeros de batalla me felicitaron por la proeza que había llevado acabo esa noche frente a los ojos de todo un regimiento. Entre ellos, un tal Tomás de Caviedes.
-Enhorabuena, Guillermo. No sabía de vuestra destreza con la espada-dijo felicitándome. Me limité a responder con súbitas palabras de modestia, pero, ¿por qué negarlo?, tenía razón. La conversación se alargó algo más de lo previsto
-Decidme Guillermo, ¿quién os espera en casa?. Esa palabra me tocó hondo. Nadie me preguntó nada semejante mientras duraba la campaña.
–Bueno, en realidad, hay alguien. ¿Y a vos?-pregunté.
–No, solo el Señor me espera. Soy monje; bueno, lo era-dijo. A decir verdad, su aspecto se alejaba mucho al de un monje; calvo y corpulento, esas eran las características de Tomás, aunque me llamó la atención su enorme cinturón de cuero y esa espada que portaba con él.
-Me habéis caído bien, joven. Si El Señor lo desea, os visitaré alguna vez.
-Que así sea –murmuré en tono sarcástico. Una risa por mi parte arrancó carcajadas en Tomás. Reímos durante varios minutos.
Tenía ganas de ir al retrete
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