Diario de Matei Van der Schraelen, Madrid, 10 de Enero de 1571
A una semana de Sevilla. Necesito más información sobre ese perturbado. Hace varios días encontré a un chico un tanto ajado, que me habló de la desaparición de varias jóvenes por la zona del puerto sevillano. Los despojos de un recuerdo pasado me generan nauseas; pobres muchachas, si tan siquiera…pero no.
Cuando le abordé en Heiligerlee estaba en la zona de descanso. Le conseguí hablar una vez fuera.
-Buena actuación la de antes –dije.
-¿Os conozco?- murmuró con un tono de poca amistad. Procedí a presentarme de un modo cortes para evitar represalias.
-Me llamo Mateo, Matei Van der Schraelen. Su cara de asombro fue más allá de lo que la palabra suscita.
-¿Sois flamenco?-preguntó casi desenvainando la espada. Le contesté que mi nombre era fruto de la unión entre mi padre, nacido en Frisia y mi madre de Toledo. Mi nombre era la única herencia castellana que tenía; junto con la cultura y el idioma perfectamente hablado y escrito.
-Extraña mezcla –comentó. ¿Y que hacéis aquí?.
-Soy traductor. Hablo la lengua local y también latín, griego y algo de arameo. Y soy soldado, por supuesto; pero muchos mandos piensan que soy demasiado valioso para sacarme a vanguardia.
Su interés se hizo latente cuando le dejé clara mi profesión. Dijo que estaba encantado de conocerme y que me podría necesitar para algún trabajo. No pensaba en ese momento en el ingente problema que tendría en varios meses.
Comentó algo sobre las palabras del enemigo que mutiló horas antes.
Recuerdo esas palabras desde entonces.
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