Entre Corfú y Lepanto, Madrugada del 6 de Octubre 1571
Nos encontrábamos en medio del mar Mediterráneo. El lugar no podría concretarlo mucho debido a que ya pasaban varios meses desde la partida. Todos estos días en la mar, me hicieron replantearme si quería realmente volver a pisar tierra sevillana. Después de lo ocurrido, no me era posible.
Me levanté del suelo donde descansaba en ese momento y anduve hasta alcanzar el extendido mástil del barco. Me agarré con fuerza debido al continuo vaivén de la nave. Una voz se sintió entonces:
-Hola, Guillermo. Las estrellas brillan esta noche y lo hacen por nosotros. Deberíais sentiros orgulloso, vamos a pertenecer a la escuadra que librará la mayor batalla que verán los siglos-dijo Tomás.
-Me siento turbado. No dejo de pensar-dije. Corría el riesgo de que mi compañero de batalla se interesara de nuevo por lo ocurrido meses atrás. En cada jornada encima de éste navío, no faltó conversación sobre el tema. Pero ésta vez, la tertulia parecía llegar más lejos.
-¿Es por lo de Sevilla?-preguntó. Asentí al instante. Poco a poco, Tomás pretendía indagar en todo lo sucedido. Mientras, yo le evitaba con equívocas palabras.
-Algún día tendréis que contarlo. No podréis vivir siempre con ello-dijo. Al decir esto, comencé a preocuparme. Si lo confesaba, no solo viviría yo con el tormento para siempre; pero si no lo hacía, me llevaría el secreto conmigo.
- ¿Entendéis de arte, Tomás?
- Algo, ¿a qué os referís?
-A nada. –comenté. De nuevo, me acobardé justo antes de confesarle mi pesar. Recuerdos volvían a mí. Cada segundo de lo presenciado, venía a mi cabeza provocando una sensación de malestar y hormigueo por todo mi cuerpo. ¿Acaso tendría algo que ver con Matei?. Se tornaba más complicado.
-Os noto raro. Mirad, mejor dejamos la conversación. ¿de acuerdo?-dijo con tono de preocupación. Mientras hablaba, se aproximó al poste paulatinamente al mismo tiempo que yo seguía ahí pasmado sin articular palabra alguna.
-Por cierto, nunca me habíais dicho cual era vuestro oficio fuera de la batalla-pronunció mientras giraba la cabeza dispuesto a marcharse. ¿Y bien?-dijo. Viré la cabeza en dirección a él y, como si en ese momento descubriera la faceta más extraña de mí, le dije esto:
-Escultor.
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