Sevilla, 1571
Entrando al puerto se dirigía una figura cubierta por ropajes viejos y maltrechos. No obstante, el caminar de este individuo se asemejaba al de una persona despreocupada, sin miedo a las turbaciones de la ciudad, ni de los transeúntes.
Anduvo paulatinamente por el sabio camino. Los rincones que le rodeaban husmeaban a leyenda, a paso del tiempo; nada envidiable a la imaginación.
Se paró. Frente a una apolillada puerta puso su mirada. Entró dentro de la estancia sin saber que le esperaba y subió al piso superior; algo salió mal.
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